Ni tanto que queme al santo…

Por Arturo Ortega Morán

No eran pocas las imágenes y   figurillas de santos que habitaban casas e iglesias y que, para reparar   los estragos del tiempo, necesitaban de alguien que de vez en cuando le   echara una manita de gato a su vestimenta y apariencia.

Era   típico que, para ganarse la vida, muchas damas “quedadas” se dedicaran a   esta actividad y de ahí quedó que “quedarse a vestir santos” pasara a   significar “permanente soltería”, frase que luego ellas utilizarían para   consolarse: “Mejor quedarse a vestir santos que a desvestir borrachos”.

Más   huellas de santos en el lenguaje las encontramos en frases como: “Ni   tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre”, que usamos para   recomendar moderación y que en origen se refiere a la cera (velas) que   se enciende a sus estatuillas. También en “se me fue el santo al cielo”,   que decimos cuando olvidamos algo; es tan grande el catálogo de santos y   su especialización, que no sería raro que de pronto alguien no   recordara el nombre del santo especialista en cierto tipo de milagros y   para justificar el olvido, jocosamente dijera “!Ay, se me fue el santo al cielo!”

El   origen de la palabra santo empieza con la antigua raíz *sak   (santificar), que en latín dio el verbo sancire (sancionar) y que en   Roma era, mediante rituales, ´dar carácter sagrado a las leyes y normas   establecidas´. Por eso después la palabra tomó también el sentido de   ´aplicar una pena por contravenir una de estas leyes´. De este verbo   derivó sanctus ´lo sagrado y lo consagrado a Dios´, que en castellano   dio la palabra santo.

Los santos también se hacen presentes en   los topónimos, que son nombres de ríos, ciudades y otros lugares. Cuando   este es el caso, se llaman hagiónimos, palabra derivada del griego   hagios (santo). Algunos son muy obvios como: San Francisco, San Nicolás,   Santa Catarina, Sao Pablo y muchas otras ciudades. En cambio, hay   algunos hagiónimos que el tiempo y los cambios en el lenguaje han   escondido:

Boston, capital de Massachusetts, debe su nombre a san   Botulfo, un santo inglés. Poco se sabe de la historia de este   personaje, pero se dice que fue un abad que vivió en el siglo VII de la   era cristiana y muy probablemente figura importante en el   establecimiento del cristianismo en Inglaterra. Su veneración se   extendió a una amplia región del norte de Europa e Inglaterra, un pueblo   tomó su nombre: Botolph´s town (pueblo de Botulfo), que por   simplificación de la pronunciación sajona, se dijo Boston, nombre que   después se dio también a la ciudad americana.

Otro hagiónimo   escondido lo encontramos en China, poblado del estado de Nuevo León.   Este pueblo primero se llamó San Felipe de Jesús de China, en honor al   primer santo mexicano que más bien debió ser llamado San Felipe de Jesús   de Japón, porque fue martirizado en ese país; pero lo fue en un tiempo   en que a todo lo asiático se le tenía por chino y de ahí la confusión.   Con el paso del tiempo, el nombre del santo desapareció y hoy este   municipio, que bien pudo haberse llamado Japón, es llamado simplemente   China.

Me hubiera gustado dar santo y seña de todas las huellas   que los santos han dejado en el lenguaje, pero por hoy… me doy de santos   si logré impregnar de interés estas líneas.


Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 986 seguidores