Cápsulas de lengua

Por la boca muere el pez

Publicado en Mundo hispanohablante por Arturo Ortega Morán en Noviembre 7, 2009

Por Arturo Ortega Morán

Sin duda, el lenguaje es uno de nuestros mejores activos. Intercambiar ideas y sentimientos con nuestros semejantes, eleva nuestra capacidad para comprender y apreciar el medio que nos rodea.  No obstante, hay veces que nos falla el freno de la lengua y, entonces, disparamos palabras que como bumerán, se nos regresan en forma de problemas. De este riesgo, la sabiduría popular nos advierte con refranes como: “en boca cerrada no entran moscas”, “palabra que se suelta, no puede recogerse”, “quien mucho habla, mucho yerra” y “por la boca muere el pez”.

Como este tema ya está muy platicado, voy a girarlo un poco para ver un ángulo que nos muestra que hay otras formas de morir por la boca. De nuestros padres, adoptamos la llamada lengua materna (para que vean las mujeres que no todo es discriminación). Aparte de palabras, también aprendemos a emitir ciertos sonidos (fonemas), y hay otros que no aprendemos. Por eso, cuando hablamos una lengua extranjera, por más bien que la estudiemos, nunca la pronunciaremos como los hablantes nativos. Lo increíble es que esa incapacidad de pronunciar fonemas que no nos son naturales, le ha costado la vida a miles de seres humanos.

Para empezar, abramos la Biblia en el capítulo 12 de “El Libro de los jueces”. Ahí, se narra cómo es que perdieron la vida 42000 hombres de la tribu de Efraín de manos de los galaaditas, por no poder pronunciar la palabra “Chibbolet” (en hebreo ´arroyo´). Textualmente dice:

“Y los galaaditas tomaron los vados del Jordán a los de Efraín. Y aconteció que cuando los fugitivos de Efraín decían: “Dejadme pasar”, los hombres de Galaad preguntaban: “¿Eres tú efrateo?” Y si respondía: “No”, le decían: “Ahora, pues, di Chibbolet“. Y él decía: “sibbolet” porque no podía pronunciarlo correctamente.  Entonces le echaban mano y lo degollaban junto a los vados del Jordán. Y murieron entonces de los de Efraín cuarenta y dos mil”.

No es ésta, una anécdota aislada. La historia de “Sibbolet” se repitió en Tokio, tras el terrible terremoto de 1923, al que siguió un gigantesco incendio que destruyó casi la tercera parte de la capital. En una irracional reacción, los japoneses culparon a los coreanos de esta tragedia y, el populacho, desató una matanza indiscriminada de coreanos. Si alguien negaba serlo, se le hacía pronunciar la frase  jyugoen gojyussen (15 yen 50 sen; una cantidad de dinero) que los nativos de Corea no sabían pronunciar sino como chugo en kochussen . Así, de la boca salía su sentencia y ese día cerca de 6000 coreanos fueron asesinados.

Historia parecida ocurrió en 1282. Sicilia, isla mediterránea, era controlada por Francia. En ese año, se produjo una revuelta popular conocida en la historia con el nombre de Vísperas sicilianas, conflicto que terminó con el dominio francés. En esa ocasión, los isleños sublevados, pasaron a cuchillo a quienes al ser  invitados a pronunciar cicero (garbanzo), ponían el acento en la última sílaba -ciceró-, señal indudable de su origen francés.

Así, estas historias nos enseñan que hay más de una manera para que el pez…  muera por la boca.