Extraña reunión

Por Arturo Ortega Morán

Artículo, publicado en Riconete (1/09/2005),  propiedad del Instituto Cervantes

Extraña reunión fue esa, pero ahí estuvieron, compartiendo una humillación de siglos. Por fin se decidieron a hablar del asunto, y, en un rol improvisado, fueron desahogando sus añejas frustraciones.

—Por milenios —dijo uno de ellos—, he deleitado el paladar de los hombres al regalar un sabor especial a sus alimentos. He sido alivio para mujeres que, amamantando, han padecido de escasez láctica. También, he sido bálsamo para quienes han sufrido de males estomacales. No obstante, mal he sido pagado. Sólo por ser menudo y esbelto, cuando a los hombres algo no les importa, dicen: «Me importa un comino».

Humillación antigua es esta, ya en 1599; Mateo Alemán escribió Guzmán de Alfarache, que en un fragmento dice:

«El mozo se puso pensativo a mirarme, que en todo cuanto llevaba no pudieran atar una blanca de canela “ni valía un comino”, y trataba de ponerle su ropa en precio».

 

—Y qué decir de mí —dijo el segundo—. Por siglos, he sido juguete en tiernas manos infantiles, que sorprendidas, han descubierto mi cualidad de convertir el aire en sonido agudo. Por centurias, el sereno y yo, rondamos en noches: ora claras, ora obscuras, ora frías o a veces lluviosas. Juntos entonamos, noche tras noche y hora tras hora, ese canto de tranquilidad que era arrullo para los soñolientos vecinos «Piiittt, Piiittt… las doce y sereeenooo».

El tiempo se llevó al sereno, a quien creí mi eterno compañero, pero yo sigo aquí. Hoy por hoy, mi sonido tiene el poder de crear grandes gozos y grandes frustraciones. Cuando en un estadio, los jueces me usan para marcar o anular eso que los hombres llaman «gol», las emociones pueden llegar a ser cuestión de vida o muerte.

No cabe duda, debería estar orgulloso de mi onomatopéyico nombre. Pero, desde hace siglos y sólo por ser pequeño, cuando a los hombres algo no les importa dicen: «Me importa un pito».

De muy antiguo es este desdén. Ya, en 1595, en Perú, cuando Felipe Guamán escribió La primer nueva crónica y buen gobierno, en un fragmento escribió:

«Sacra Magestad, lo que a de consederar que en las minas de azogue se acavan y los que quedan son asogados, que “no vale un pito”».

—Pues yo tengo que decir —dijo el último en turno—, que en la vieja Anáhuac me llamaron quilitl; en náhuatl vale por «hierba que se come». Durante siglos, fui importante en la dieta de los antiguos mexicanos, y, los que hoy se acuerdan de mí, ahora me llaman quelite. También, en la antigua España me conocieron, pero ahí me llamaron bledo. Allá supe que los hombres no valoran lo que existe en abundancia, aunque pueda serles de gran provecho. Por eso, al verme abundante y por lo tanto barato, cuando algo no les importa dicen: «Me importa un bledo». Es también añejo el menosprecio, ya, en 1634; Francisco Rojas de Zorrilla escribió unos versos que así rezaban:

La opinión, no importa un bledo;
el puntillo, es un puntillo;
vaya el pundonor es cuento;
la fama, es paja la fama;
no hay más honra que el provecho;

—Extraña reunión fue esa, pero lo que ahí se habló, llegó a oídos de los académicos de la lengua y al comentar el asunto, dijo uno: «a mí me importa un comino»; dijo otro: «a mí me importa un pito» y dijo un tercero: «a mí, me importa un bledo».

Así: el cominoel pito el bledo, cargaron su humillación y se fueron con desgano, cada uno por su lado, pensando… «quizá en otra lengua, nos traten mejor».

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