Libro

Por Arturo Ortega Morán

¡Ah!, qué placer es tomar un libro entre las manos, abrirlo y dejar que escapen sus olores… ora de tinta y papel nuevo; ora de aromas de pasado… qué placer es sentir en los dedos su textura; ora aspereza, ora tersura … cerrar los ojos y escuchar el cantarino arrullo de sus hojas cayendo unas sobre otras… dejar que nuestros ojos beban letras… ora dulces, ora amargas, ora inquietantes…

Tener un libro entre las manos es conectarnos con la historia, una historia que se guarda en la palabra que lo nombra… libro.

Plinio el Viejo, escritor romano del primer siglo cristiano; en Historia Natural, una de sus obras, nos cuenta que antes de que se conociera el papiro, para escribir se valieron de cortezas de árboles y otras cosas. Así lo escribió:

El papel debe su descubrimiento a la victoria de Alejandro Magno, en la época en que fundó Alejandría en Egipto. Hasta entonces no se utilizaba el papel. Primero se usaron hojas de palma para escribir y después la corteza de ciertos árboles.

Así resulta que de la arcaica raíz indoeuropea *leub, que encerraba el concepto de ´pelar, quitar la cáscara, descortezar un árbol´, en latín, nació liber, voz que primero significó ´parte interior de la corteza de los árboles´ y seguramente por ser este material en el que se escribía, de ahí quedó que llamaran liber y luego librum a una obra escrita. Luego, un pequeño ajuste fonético y en castellano nació nuestra palabra libro. Voz que en su étimo encierra algo de la historia de la escritura primitiva.

Tal vez sean los años, pero no me sabe igual un libro de electrones…  por eso el libro de papel no puede abandonarnos… debe quedarse para que podamos tocarlo, podamos olerlo, podamos oírlo y podamos saborearlo…  con todos los sentidos.

¡Ah!, qué placer es tomar un libro entre las manos, abrirlo y dejar que escapen sus olores…

 


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