Con el pie derecho
Por Arturo Ortega Morán
¡Iniciamos con el pie derecho! Así exclama mucha gente en todo el mundo hispanohablante para decir que algo se empezó de manera favorable y con el buen augurio de que todo marchará sobre ruedas.
La expresión es muy antigua y tiene origen en ancestrales supersticiones, en las que se ha asociado a la derecha con el bien y a la izquierda con el mal. Esta relación ya la encontramos desde tiempos bíblicos; por ejemplo, en (Mateo 25) se lee: “…Separará a unos de otros, poniendo a las ovejas a su derecha y a los machos cabríos a su izquierda”.
Es muy probable que esta asociación, haya surgido cuando nuestros antepasados se inquietaron, al observar que siendo la mayoría de ellos diestros, sólo unos pocos tenían más habilidad en la mano izquierda, hecho que sólo pudieron explicar por el influjo de las fuerzas del mal.
En nuestro lenguaje abundan huellas de aquella creencia: por ejemplo, aunque “siniestra” era la forma latina de llamarle a la mano izquierda, la mala fama de esta mano llevó a que ahora lo siniestro sea algo tenebroso, algo obscuro, algo que nos causa miedo.
Los pies, que no quisieron ser menos, también tomaron partido y así el pie derecho se asoció a los buenos presagios. Es curioso que esta predilección, de alguna manera se haya introducido al rito católico en el que el sacerdote celebrante, una vez comenzado el introito y al disponerse a subir las gradas del altar, debe iniciar su marcha con el pie derecho.
Todavía hoy, si las cosas nos salen mal decimos que nos levantamos con el pie izquierdo y por supuesto, eso no hubiera sucedido si nos hubiéramos levantado con el pie derecho. Otro detalle es que por mucho tiempo, se pensó que al iniciar un viaje, era importante dar el primer paso con el pie derecho, para evitar tener a la mala fortuna como compañera en el camino. Como huella de esta antigua creencia, es que hoy cuando iniciamos un proyecto de una manera favorable, solemos decir: ¡Empecé con el pie derecho!
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