El merolico
Por Arturo Ortega Morán

Invocado por el bullicio de las plazas, aparece de la nada y, con un trozo de tiza blanca, pinta su raya y se apodera de un escenario que pretende ser circular.
Sin mayor espera, lanza un torbellino de palabras domingueras que atrapa a cuanto transeúnte se acerca por curiosidad o casualidad. No hay cómo escaparse; así de fuerte es la tentación de ver cumplida la promesa eterna de que pronto aparecerá “gurrumina” o “chumina”, ese animal del demonio que se oculta en un raído saco de terciopelo rojo.
Mientras tanto, hay que esperar y atender al ofrecimiento de productos milagrosos que desaparecen reumas y todo tipo de males, incluso el desagradable sabor a centavo con el que a veces amanecemos.
Esta típica estampa mexicana, corresponde al merolico, promotor de extraños remedios. Autómata de martilleante voz que al principio molesta, pero que, misteriosamente, nos retiene formando dique contra la inundación de palabras y, con un simple “atrás de la raya que estoy trabajando”, nos mantiene en la frontera de su territorio.
Pero, ¿por qué lo llamamos merolico? En su artículo “Médicos científicos y médicos ilícitos durante el porfiriato”, la investigadora Claudia Augustoni, nos cuenta de un controvertido personaje que llegó a México allá por 1864.
Decía llamarse Rafael Meraulyock y, al parecer, era de origen polaco. Su espesa barba, larga melena y ojos mefistofélicos, le daban un aspecto místico que bien aprovechó para convencer a propios y extraños de su poder para curar todo tipo de males, con un milagroso elixir al que llamaba “tónico de San Jacobo”.
No obstante, el tiempo lo pondría en su lugar y pasó a ser uno más de tantos charlatanes que han desfilado y siguen desfilando ante una sociedad hambrienta de milagros.
Dada la dificultad para pronunciar su apellido, el habla popular no se complicó la vida y así, el doctor Meraulyock paso a ser el “doctor Merolico”.
De ahí quedó que, “merolico”, se usara para designar no sólo al parlero mercachifle callejero de quien se debe recelar, sino también, a todo individuo que habla mucho sin poner en sus palabras sustancia de verdad.