A la chita callando
Por Arturo Ortega Morán
Cerré los ojos y fui a visitar a un recuerdo; cuando llegué, ahí estábamos todos. Otra vez oí a Eusebio, aquel compañero que gustaba de cantar mientras llegaba la maestra. Al fondo del salón, seguía sentado “El Muerto”; le decíamos así por su macilenta figura y eterna seriedad. A su lado, haciendo contraste estaba Chabelo, el que nunca dejaba de sonreír a pesar de su boca chueca que -según él decía- le había dejado una temprana enfermedad. No faltaba nadie, ahí estábamos todos empezando un día de clases.
Volví a escuchar el “buenos días maestra”, que a coro decíamos cuando aparecía la figura amable de la maestra Rosario. El día inició con la clase de español, o lengua nacional como le decíamos en aquel tiempo. En el pizarrón verde descolorido, pronto apareció la lección que habríamos de repetir hasta la saciedad:
«Los modos adverbiales son dos o más palabras, que juntas, hacen el oficio de adverbio. Ejemplos: “A la chita callando”, “A tontas y locas”,…” ».
Ahí estaba yo a mis once años, intrigado por ”a la chita callando”. Podía comprender su significado, que era hacer algo sin ruido y con disimulo para no llamar la atención. Pero, la única Chita que yo conocía era la chimpancé de Tarzán y no entendía por qué había que callarla y menos entendía que tenía que ver con la clase de español. Debería haber algo más pero, el temor al ridículo me impidió hacer la pregunta.
Muchos años pasaron para saber que en la antigua España, existió un juego de muchachos llamado “la chita”. El juego consistía en clavar en el suelo un hueso de pie de carnero al que llamaban chita, luego le tiraban con piedras y quien la derribaba ganaba dos puntos y si no había quien lo hiciera, el que quedaba más cerca ganaba uno.
De este juego, en 1611, Sebastián de Covarrubias escribió:
“Chita: El hueso del carnero o de la vaca de la cuartilla del pie, que otros llaman hita, del verbo figo, porque lo hincaban en el suelo y tiraban con texos. Los muchachos ponen una hincada en la tierra y otra encima y tiran a derrocarla”.
Otro autor, Gonzalo Correas, en 1627, también escribió sobre el tema:
“Chito o chita es un guesezillo o pedrezuela a ke tiran los muchachos al xuego que ellos llaman “de la chita”; tiran a él kon unas piedras llanas como ruedas ke llaman chitos; kuando se concierta el xuego todos van a buscar chitos en algún arroyo o muladar o edificio kaido, i los hacen de piedra, texo o ladrilllo”.
Por ser un juego que distraía de las obligaciones y en el que se hacían apuestas, los muchachos lo jugaban a escondidas y cuidándose de hacer ruido, para evitar ser reprendidos por los mayores. Entonces, de jugar a la chita callando, habría de nacer la expresión que encierra el mismo sentido y que nada tiene que ver con chimpancés.
Me hubiera gustado contar la historia en mi recuerdo: ¡Qué la supiera mi maestra Rosario! ¡Qué la supiera el yo niño! ¡Qué la supiéramos todos! Pero, en el salón de clase nadie podía escucharme, porque ahí yo sólo era un fantasma que apareció y se fue… a la chita callando.