Una tercia de palabras futboleras

Por Arturo Ortega Morán

No podemos negar que el futbol despierta el interés de grandes masas de la población. Esto ha tenido su efecto en el lenguaje y siempre es interesante explorar algunas palabras que pertenecen al léxico de este deporte.

Cancerbero: Con este nombre, algunos comentaristas se refieren a los porteros cuya tarea es precisamente cuidar la puerta o portería. Cancerbero se formó de can (que significa perro) y cerbero (que significa ´demonio del pozo´) y es un monstruo mitológico cuya chamba era cuidar las puertas del infierno. De este perrito, se decía que tenía tres cabezas con grandes fauces y temible dentadura; y por si fuera poco, su cola era una ponzoñosa serpiente. La metáfora es buena, porque mientras los porteros cuidan su puerta para que no se metan los goles, el cancerbero cuidaba la suya para que no se le escaparan los inquilinos.

Ariete: En contraparte, ariete le llaman al centro delantero, cuya misión es abrirle la puerta a los goles. En su origen, los arietes fueron armas usadas para romper puertas o paredes fortificadas. En su forma más simple, tan solo era un tronco grande y pesado, cargado por varias personas e impulsado con fuerza contra las puertas de los castillos. Normalmente, en la punta del tronco, en madera dura se labraba una cabeza de carnero y por eso se le llamó ariete, ya que  aries le llamaban a un carnero mitológico que luego pasó a ser constelación.

Árbitro: Importante personaje en el juego del futbol. Su nombre deriva del latín arbiter que en su origen significó simplemente ´testigo´, pero ya desde la cultura romana también tomó el significado de ´juez´. De ahí nacieron palabras como arbitrio y albedrío (que encierran el concepto de ´decisión´); también arbitrariedad y arbitrario (para referirse a las decisiones caprichosas). La función de los árbitros, está muy acorde con los matices de la palabra, ya que primero deben ser testigos de los hechos para luego, con su libre arbitrio, sacar una tarjeta roja o marcar un penalti, aún a riesgo de parecer arbitrarios.

No sobra comentar que a la acción que ejerce un árbitro, le corresponde el verbo arbitrar (yo arbitro, tu arbitras, el arbitra, etc.) y no arbitrear, como suelen decir algunos comunicadores. Otro problema lingüístico, surgió cuando a las damas se les ocurrió que también ellas podían sacar tarjetas. Entonces no sabíamos cómo decirles: ¿la árbitro? ¿el árbitra? ¿la árbitra? Finalmente, la Real Academia tomó partido y consideró que lo apropiado es “la árbitra”, aunque nos llevemos de encuentro a la regla que dice que cuando una palabra femenina empieza con “a” acentuada, para que no se oiga feo, debemos usar “el” en vez de “la”, así como cuando decimos “el agua o el águila”.

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