Triscaidecafobia

Por Arturo Ortega Morán

Aún me acuerdo del Charal. Así apodábamos al macilento y larguirucho mozalbete cuyo deporte preferido era hacernos la vida de cuadritos. En aquel recreo, cuando decidió que seguía mi turno, se acercó a mí y con mirada retadora me dijo: “A ver, tú que te crees muy bueno pa´ las matemáticas, ¿cuánto es ocho más cinco?”, no iba a dejar pasar la oportunidad de demostrar mi talento, así que de inmediato contesté: “¡Trece!”; a lo que el muy desgraciado replicó: “¡El rabo te crece!”.  Ya se imaginarán  las sonoras carcajadas burlonas de los que ahí estaban y  yo a mis ocho años sin saber que hacer con ese sentimiento de humillación que me era nuevo.

Nunca pensé en el desquite, pero la vida da oportunidades. En un juego de futbolito, en el que el Charal y sus secuaces nos daban un trapeada -nos ganaban doce a tres-; cuando nos metieron el siguiente gol me acerqué al Charal y le pregunté: “¿Cuántos goles llevan?”. Con un gesto de altivez  me contestó: “¡Trece!”. ¡Ah!, cómo disfruté cuando entonces yo le repliqué: “¡El rabo te crece!”.

Ocupado en buscar el festejo de los circundantes, no vi venir el guamazo que me dejó un ojo morado. No sé si el más sorprendido fue él o fui yo, pero le devolví la cortesía y nos enfrascamos en una pelea de la que ninguno de los dos salió bien librado. Curiosamente y a pesar de mis temores, desde aquel día jamás me volvió a molestar, pero  tan profunda fue la huella de esta experiencia infantil que, todavía hoy, a estas alturas del partido cuando digo “trece” me imagino al “Charal” replicando…  “¡el rabo te crece!”. Así, a temprana edad, aprendí que el trece no era un número cualquiera.

Con el paso de los años supe del miedo supersticioso que en muchas personas despierta este número. Ni aún el mundo desarrollado se escapa de este ancestral temor. En los grandes hoteles de Inglaterra, Estados Unidos y Japón, entre otros, no existe el piso 13 y suelen pasar del 12 al 14.

En su obra “Recuerdos de un diplomático”, Agustín Conte relató cómo en el Madrid de 1840, había un embajador de la fría y distante Dinamarca, que tuvo la ocurrencia de mandar hacer una muñeca de grandor casi natural y la sentaba a su mesa cuando se contaban trece comensales. Así, evadía la presencia de tan temido guarismo. Al parecer fue en el siglo XIX, en Francia, que se acuñó el término “triscaidecafobia” para nombrar a este universal miedo al número trece.

Esta voz, aún no hospedada en el diccionario, pero cada vez más difundida, se forma de “tris/kaí/deka” (‘tres y diez’, en vez de ‘diez y tres’), que es una forma de decir trece en griego antiguo, y desde luego, la voz “fobia” que significa “miedo”.

Dicen los que aseguran saber, que todo se remonta a la mitología nórdica, en la era precristiana. A un banquete en el Valhalla (paraíso de los vikingos), fueron invitados doce dioses. Loki, el espíritu de la pelea y del mal, se coló sin invitación con lo que el número de los presentes llegó a trece. En la lucha que se produjo para expulsar a Loki, encontró la muerte Balder, el favorito de los otros dioses. Ésta es la primera referencia al infortunio relacionado con el número trece. La creencia fue notablemente reforzada por la cena más famosa de la historia: “La Última Cena”. Cristo y sus apóstoles eran trece. Poco después, Cristo era crucificado. Los mitólogos han considerado la leyenda nórdica como una prefiguración del banquete cristiano. Trazan paralelismos entre el traidor Judas y Loki, y entre Balder, el dios favorito que resultó asesinado y  Cristo, que fue crucificado. Lo indiscutible es que, desde principios de la era cristiana, invitar a cenar a trece personas, significaba buscar un desastre.

Es posible que el origen sea más antiguo, ya en la cultura sumeria se observó que a un ciclo del sol correspondían doce de la luna y así, el número doce adquirió relevancia. Se dividió el día en doce horas (después se hizo lo mismo con la noche para dar origen al día de 24 horas) y se fijaron doce constelaciones con todas sus implicaciones religiosas y filosóficas. Fue el trece quien cargó con la culpa de ser el número que rompía la armonía del doce y quizá por eso se convirtió en aciago.

¡Qué alivio saber de la antigüedad de la triscaidecafobia! Si no, yo pensaría que el Charal se las arregló para que en todo el  mundo se cuidaran del trece, con tal de que no les replicaran…”¡El rabo te crece!”.

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4 comentarios on “Triscaidecafobia”

  1. […] evoca a dos ancestrales miedos: A Marte dios de la guerra y de los conflictos; y al número trece (triscaidecafobia), ese número incómodo que rompe la armonía del doce, guarismo de gran significado en el orden […]

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  2. gunz dice:

    que me dicen de Dan MArino, uno de los mejores QB de la historia en la NFL y siempre port’o el numero 13.

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  3. Edgar Aaron Mendoza dice:

    pero no ganó ningún super bowl ..por tener de compañia un equipo muy “”malito””,,,nunca le armaron un equipo campeon……pwero no fue por le numero …todavia sus records…existian la temporada pasada y habian durao ya 20 años ..es lago y seguramente estará en le salon de la fama seguramente y cuando disputó un superbowl le toco nada mas ( y de novato Marino) a los 49’s con todo y la super estrella Joe Montan nada mas…esra tarea imposible y el resultado lo dice todo

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