La siesta

Por Arturo Ortega Morán

Cuando nos entregarnos a ese sueñecillo vespertino que suele invadirnos después de la comida, decimos que nos echamos “una siestecita”. Esta “pestañeada” diurna, desde antiguo ha sido llamada “siesta” y el origen de la palabra, se entreteje con la viejo afán humano de medir el tiempo.

De la antigua cultura de los babilonios, heredamos el día de 24 horas, rasgo que habría de extenderse a otras culturas de diferentes tiempos y diferentes lugares. Para no ser la excepción, el pueblo hebreo adoptó también esta división del día y crearon, desde tiempos anteriores a Cristo, la práctica de orar en horas establecidas. Después, la Iglesia Cristiana tomó esta tradición y poco a poco la fueron formalizando hasta que en el siglo VI, nacieron las llamadas HORAS CANÓNICAS. En estas horas, las campanas de las iglesias repicaban para que los fieles hicieran la oración correspondiente. Sus nombres fueron tomados de antiguas denominaciones romanas.

Empezaban con los Maitines, que se tocaba en la madrugada y su nombre viene del latín “matutinus”;  Los “Laudes” se tocaba entre las 5 y las 6 de la mañana y significa “alabanzas”; La “Prima” se llamó así porque para los romanos, era la primera hora del día y se tocaba cerca de las siete de la mañana.

La “Tercia”, se tocaba a las nueve de la mañana y la “Sexta” era el mediodía. La “Nona” correspondía a tres de la tarde y las “Vísperas”, del latín “vesper” que significa “al atardecer” se tocaba al caer el sol. Por último,  las ”Completas” se tocaban ya avanzada la noche.

Al no haber relojes, las horas canónicas llegaron a convertirse durante siglos en todo un sistema para la programación de las actividades de los pueblos medievales. Su larga permanencia, dejó huellas en el lenguaje. Por ejemplo, en el inglés,  “afternoon”  que es la “tarde”, y su significado literal “after – noon” es (después de la nona).

En español, usamos “vísperas” para referirnos al tiempo que antecede a un evento y de la hora “sexta”, en pleno mediodía, cuando el calor era más intenso y el ambiente se llenaba de sueño, quedó la costumbre de dormir la sexta, y que ahora decimos… dormir la siesta.

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