La tuna

Por Arturo Ortega Morán

Dibujo por Fernando Zavala (1970)

Dibujo por Fernando Zavala (1970)

Aquel día, llegué con mi guitarra y ante un tribunal que por su seriedad parecía el de la Santa Inquisición, di rienda suelta a mi aguardentosa voz. Como no era menester gran arte para ser aceptado en la Estudiantina de Ciencias Químicas, desde ese momento me convertí en un tuno. Así fue que empezaron los mejores años de mi juventud.

No fue sólo el gusto por la música lo que me mantuvo por tantos años en este grupo. Era, además, la intensidad con que vivíamos el ambiente de la tuna. ¡Cómo no recordar tantos viajes que nos llenaron las bolsas de recuerdos! ¡Las serenatas que cantamos a muchachas que a veces ni siquiera conocíamos! O las maratónicas serenatas a nuestras madres el 10 de mayo, que empezaban a las 8 de la noche y terminaban con la luz del sol que como látigo, caía sobre nuestros ojos irritados y nos hacía parecer clones del mismo Conde Drácula.

Cuando nos preparábamos para un concierto – “una tocada”-, era todo un rito ponerse aquellos pantalones bombachos que llegaban arriba de la rodilla. Después, las medias blancas -de enfermera-, que cuando las comprábamos, teníamos que tragarnos las miradas suspicaces de quien nos atendía; pero, ni hablar, había que cubrir nuestras peludas pantorrillas. Luego, una camisa de tela aterciopelada, manga bombacha y vivos dorados. Por último, la capa de la cual pendía una lluvia de listones de gran colorido. Ya listos, bien uniformaditos, cualquiera de nosotros bien pudo servir para publicidad de los cigarros Raleigh o para representar a Don Juan Tenorio.

Sin saberlo, tuvimos en nuestras manos una herencia cultural de siglos, que se gestó desde muy antiguo en España. Aunque, en lo referente al nombre, las pesquisas nos llevan a la Francia de principios del siglo XVII. Había en esa época, un grupo de indigentes o vagabundos franceses, cuyo líder era reconocido, irónicamente, como “Roi de Thunes” (Rey de Túnez). De ahí, en España, surgiría el verbo “tunar” con el significado de “vagabundear”. El Diccionario de Autoridades, de 1739, definía:

 “Tunar: andar vagando en vida holganza, y libre, de lugar en lugar”. Después, se derivaron voces como: “Tunante: El que tuna o anda vagando” y finalmente surgió la voz “tuna” que se definía, según el mismo diccionario, como: “Vida holgazana y vagamunda”.

El espíritu de los estudiantes siempre ha sido el mismo: diversión, desorden, conquista, escándalo y poco o nada de dinero, que los obliga a especializarse en conseguir, de gorra, comida y bebida. No fue raro, entonces, que se dijera de ellos que andaban en la tuna (vida de holganza y desorden). La música les vino al pelo para amenizar sus correrías nocturnas y como recurso para conquistar el corazón de las románticas mozas. Por eso, se hacían acompañar de guitarras, bandolinas, bandurrias y panderetas; y claro, sin faltar un buen porrón de vino. Fue cuestión de tiempo para que, a estos grupos de estudiantes, los llamaran “Tunas” o “Estudiantinas”.

Ya, a principios del siglo XIX, encontramos estos versos de José Somoza, que retratan un ambiente de tunos, no muy diferente al que nos tocó vivir:

 Con un manteo raído,

 cual venerable antigualla,

 y con tricornio en batalla,

 de mil picos guarnecido,

 un estudiante, seguido

 de dos compañeros más,

 de la guitarra al compás

 entonaba esta canción:

 que los estudiantes son

 peores que Barrabás.

 ¡Viva la gresca!

 ¡viva la tuna!

 corriendo el mundo

 se hace fortuna;

 guárdate, Bruna,

 guárdate, Inés,

 mira que somos

 tunos los tres.

 Los que alguna vez fuimos tunos, entendemos porqué esta tradición aún sigue viva en las universidades y lo seguirá por mucho tiempo. Todos salimos de la Tuna cargados de buenos recuerdos, y algunos como yo, fuimos más afortunados y por ella encontramos a la compañera de nuestra vida.

 Todavía hoy, tunos de aquella época, solemos reunirnos para recordar las canciones que sirvieron de fondo a tantas anécdotas. No hace mucho, hasta hacíamos labor social visitando asilos de ancianos, para llevar un poco de música y alegría. Pero, en una ocasión, justo al salir de uno de ellos, casualmente se activo la alarma de un auto y llamo la atención de unos mozalbetes (que el diablo los guarde en fuego manso); y al vernos salir en bola, gritaron a todo pulmón “¡Fuga! ¡Fuga! ¡Fuga!” …¡Malditos! Nos mataron las buenas intenciones, porque desde entonces, ya no volvimos a los asilos… capaz que un día ya no nos dejan salir.

Lo que sí, es que, a pesar de los años, seguimos creyendo aquello de que:

 “No cubrirá el polvo del tiempo nuestra huella. El viento de nuestra música, la mantendrá siempre visible”.

 

Joselito con la Tuna

 

 

Derechos Reservados © Arturo Ortega Morán

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3 comentarios on “La tuna”

  1. CArlos A GArza QUiroga dice:

    FELICIDADES

    Exelente artículo..
    Me hiciste recordar anecdotas y hasta algunos de nuestros vocablos internos…y te doy un ejemplo..
    Muchas veces no ocupabamos GORREAR ya que eramos bien recibidos en alguna cena para que cantaramos, inclusive, dentro del buen ambiente no nos dejaban ir, entonces Pepe o Benito al terminar una canción despistadamente decía CUE…CUE.. que significaba: ahora si, YA VAMONOS, pasando desapercibida la señal de inminente retirada ante los invitados y anfitriones ..
    Hoy día dicha palabra la sigo utilizando con la misma finalidad para decirle a mi familia que ya es hora de irnos.

    ARTURO…EN HORA BUENA

    CARLOS A. GARZA QUIROGA

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  2. N&M dice:

    La história del Roi de Thunes es falsa, una falsa lenda y el verbo tunar no tiene origen ai.
    Usted deveria ler “Tradicones en la Antigua Universidad” de Roberto Marínez, Rafael Ascencio, Raimundo Gómez y Enrique Pérez.

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  3. Bruna dice:

    Fui la conquista de un tuno en el año 1959,
    Y sigo recordándolo,se llamaba Carlos Quiroga
    Bruna

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