Impresiones de la memoria

Por Arturo Ortega Morán

Para guardar la memoria, hace milenios inventamos la escritura. Primero imágenes, después ideogramas y luego complejos sistemas de signos para poder decir más cosas. La palabra ´escritura´ revela las preocupaciones de nuestros lejanos antepasados para proteger del tiempo a los recuerdos. Había que plasmarlos en materiales fuertes: piedra o madera dura; entonces era preciso cortar, romper, grabar con fuerza; verbos que se encerraban en la primitiva palabra *skreibh, de donde, en latín, se dijo “scribere” y luego en castellano ´escribir´.

Arduo y lento era grabar en piedra, no es difícil imaginarlo. Por eso muchas cosas no se escribieron y fue necesario buscar otros métodos que facilitaran la tarea. De las aguas del Nilo se tomó el papiro y, de las fibras de esta planta acuática, se formaban grandes láminas que por ser quebradizas no podían doblarse, por eso se vendían en rollos (voluminis para lo latinos). En ellos se deslizaba un calamus (cañita para escribir) cuya estela de tinta, con suavidad dejaba grabada la memoria. Así, el acto de escribir pasó de tosco a terso. El lenguaje conservó huellas de esta historia en las palabras papel (de papiro) y volumen para referirse a uno de varios libros que,  ya sin ser rollos, constituyen una obra.

También se escribió en pieles y aunque esto era muy caro, tenía sus ventajas. Eran más durables, en ellas se podía  escribir por ambos lados y además se podían doblar, cosas que no eran posibles con el papiro. En Pérgamo, ciudad griega, se popularizó el uso de estas láminas de piel y de ahí quedó la palabra pergamino (de Pérgamo) para nombrarlas. Por su flexibilidad, una pieza grande podía doblarse un par de veces y así tener cuatro hojas, las que cocidas formaban un quaternum (de cuatro), que en castellano se dijo cuaderno. Uniendo varios de estos quaternum, se obtenía un libro, ya en el formato que hoy conocemos.

Por mucho tiempo, los libros se escribieron a mano y esa fue tarea de los copistas, que por otros nombres se conocieron como amanuenses y escribas. Ellos escribían un promedio de tres páginas por día así que, ¡imagínate!, les llevaría más de tres meses sacar un solo ejemplar  de un libro de 270 páginas. Las erratas abundaban y, para justificarlas, se inventaron un demonio que cambiaba letras y se comía palabras. Hasta nombre le pusieron, lo llamaron Titivillus.

Cuando en el siglo XV llegó la imprenta de Gutenberg, los copistas quedaron desempleados, no podían competir con las 150 páginas diarias que podía imprimir ese artefacto. Desde entonces las imprentas han crecido a pasos agigantados, cada vez son más rápidas y mejores. Hoy la tecnología ha producido máquinas que pueden hacer en un día el trabajo de muchos miles de copistas  medievales y con una calidad muy superior. Producen enormes enjambres de libros que viajan grandes distancia y cada vez llegan a más gente para entregar la memoria guardada.

En esta época digital, ya contamos con otros medios para liberar a nuestra memoria de su cárcel de neuronas: videos, audios o texto electrónico. No obstante, la  industria de las artes gráficas sigue floreciente, basta echar un ojo a los directorios de empresas que dan este servicio, para ver el gran número de opciones que hay para quien quiera guardar en papel sus recuerdos, sus historias, sus conocimientos o información que le es importante.

¡Ah!, el que ha sido un hueso duro de roer es Titivillus, que no ha sido completamente exorcizado y sigue haciendo de las suyas. Las erratas siguen apareciendo, en mayor o en menor grado. Solo espero que a este demonio, no se le haya ocurrido echarse una vuelta por aquí.


9 comentarios on “Impresiones de la memoria”

  1. Ja ja ja ja. Muy interesante, don Arturo. Me saluda a mi amigo Titivillus si lo ve por ahí.- gpk

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  2. Rafael dice:

    Gracias, Don Arturo. Muy interesante

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  3. Adelaido Guajardo Aguirre dice:

    Saludos don Arturo, yo también le agradezco mucho su aportación, y debo suponer, su bendito interès en ilustrarnos de forma tan amena y ùnica. Reciba un cordial abrazo desde Cd. Victoria, Tamaulipas

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  4. Tengo la impresión que el viejo Titivillus, ha encontrado un lugar acogedor entre mis dedos, desde que yo era muy chico…

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  5. Pedro Urbina Guerrero dice:

    Saludos Don Arturo. Muy buen trabajo
    o he leído con mucho interés. Muchos saludos desde Mty. N.L.

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