Chivo expiatorio

Por Arturo Ortega Morán

Hay veces que por descuido o mala intención, las cosas se hacen mal. Si nadie se da cuenta o a nadie le importa no pasa nada, pero si hay que afrontar consecuencias por la metida de pata, una efectiva salida, aunque no decorosa, es conseguirse un incauto que cargue con las culpas y reciba los coscorrones correspondientes. Al infeliz que es víctima de esta infamia, en el lenguaje coloquial solemos llamarlo “el chivo expiatorio”.

La expresión tiene origen en el antiguo ritual judío de la expiación.  Expiar deriva de expiare, una voz latina que significa ´quedar limpio de culpa mediante un sacrificio o un rito religioso´ y, de cómo se conseguía esto, el Libro del Levítico del Antiguo Testamento lo explica con todo detalle en el capítulo 16, un verdadero manual de procedimientos al que, el más fiero auditor de ISO9000, no le pondría ningún pero.

Dos chivos eran elegidos y, mediante sorteo, uno de ellos se ofrendaba a Yavé, con la seguridad de que si estaba de mal humor ―El Señor, no el chivo―, con el macho cabrío sacrificado se pondría muy contento y perdonaría los pecados de los israelitas. No obstante, el perdón no eliminaba las culpas, para esto era necesario continuar con el rito y ahí es donde entraba el otro chivo.

“Levítico 16.10: El macho cabrío sobre el cual haya caído la suerte para Azazel, será llevado vivo delante de Yavé, harán sobre él el rito de expiación y lo echarán al desierto, hacia Azazel”.

El levita ―algo así como un sacerdote entre los judíos de aquellos tiempos―  colocaba las manos en la cabeza del segundo chivo suponiendo que así, todas las culpas de su pueblo serían depositadas en el pobre animal. Luego, lo llevaban al desierto en donde era abandonado. Según algunas interpretaciones, ellos pensaban que así lo entregaban a Azazel, un demonio del desierto a quien le encantaban los chivitos rellenos de culpas. De esta manera, los antiguos israelitas se purificaban, su contador de culpas quedaba en cero y eso los dejaba listos para empezar a cargarse de nuevos pecados que, en el siguiente año, volverían a expiar mediante el sacrificio de otro  “chivo expiatorio”.

Respecto al uso coloquial de la expresión, tengo la sospecha de que se gestó en América, muy probablemente en México en la primera mitad del siglo XIX. Me baso en que, he buscado en hemerotecas y archivos españoles y no he encontrado cita más antigua que la hallada en la edición del 23 de enero de 1859 del diario mexicano “La Sociedad”. Ahí, en una nota de la página 2, se lee:

“Al infeliz Pinzón le tocó en esta ocasión ser el chivo expiatorio y si no huye de Degollado, este probablemente lo fusila para acallar la grita de todos sus insubordinados”.

Pues ya ven, los caminos del lenguaje son insospechados. De un antiguo rito judío quedó que hoy, a quien carga y paga por las culpas ajenas, lo llamemos “chivo expiatorio”. Lo que no se ha dicho es que, esos sinvergüenzas que con perversidad vacían sus culpas sobre el pobre infeliz, también son chivos… pero grandotes.

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2 comentarios on “Chivo expiatorio”

  1. Fernando dice:

    Como siempre, gracias por la cultura. Y más gratitud cuando se nos graba tan fácil por el buen humor.

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  2. Rossendo dice:

    Reblogueó esto en BITTERSWEET MANy comentado:
    EL TEXTO NO ES MIO

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