Ni demonios, ni brujas… En Halloween se aparece nuestra historia

Por Arturo Ortega Morán

La celebración de la muerte es historia vieja. En cada pueblo y en cada tiempo el afán humano de entenderla ha dado lugar a creencias, mitos y costumbres que, durante largos siglos, se han ido entrelazando para ser causa de que justo hoy, como cada año, hablemos de muertos y de muerte.

Al momento astronómico, cuando la duración de la noche es igual a la del día, por herencia latina lo llamamos equinoccio. Hay dos en el año y, uno de ellos, el de otoño, se da entre el 22 y 23 de septiembre. Los pueblos celtas que florecieron en el norte de Europa, veían en este fenómeno natural el inicio de la cíclica agonía de la naturaleza y, cuarenta días después, el 31 de octubre, celebraban el Samaín,  festividad con la que daban por terminada la cosecha, despedían a la luz y se preparaban para recibir la prolongada oscuridad del invierno. Momento tenebroso, sin duda, que los hacía pensar en la muerte, generando la creencia de que los espíritus de los difuntos escapaban del más allá y venían a echarse una vueltecita al más acá.

Si personas las hay buenas y malas, lo mismo debería ser con los espíritus, así que, para no correr riesgos con ellos, más valía mantenerlos contentos dejándoles afuera de la casa comida y bebida, para que se sintieran bien atendidos y así quitarles toda intención de hacer algún daño. No estaba por demás dejar también una vela encendida, para asegurarse de que vieran bien lo que se les había dejado y, para que las inclemencias del tiempo no apagaran la vela, era buena idea protegerla metiéndola dentro de un cráneo o una calabaza hueca.

Llegó el cristianismo a tierras celtas y, usando la probada táctica de empalmar festividades cristianas sobre las paganas, convirtió los días 1 y 2 de noviembre en El Día de Todos los Santos y De Los Fieles Difuntos. Así se empezó a hablar del Halloween, contracción de All Hallows’ Eve, ‘Víspera de Todos los Santos’. Pero los sincretismos son inevitables y prevalecieron añejas creencias, se siguió y aún se sigue pensando que los muertos nos vistan, aún persiste el temor de que espíritus malignos pueden hacernos daño, aún hay quien considera este rasgo cultural un culto demoníaco. No hemos cambiado mucho.

Otras voces se levantan para que desechemos los modos extranjeros y hagamos una celebración del Día de Muertos auténticamente mexicana, pero ¿acaso la hay?… Si bien es cierto que hay elementos prehispánicos en un altar de muertos, también lo es que aquella cultura no tenía un día de muertos, tenían el Miquiztli, todo un mes de 20 días para hacer honor a la muerte y a los muertos. No podemos dejar de lado que, para celebrar el Día Difuntos y el Halloween, la fecha fue “escogida” por los celtas. La festividad llegó a México vestida de cristianismo y en ese coctel, con un poco de voluntad, podemos identificar creencias o costumbres griegas, babilónicas, romanas y no sé qué tantas otras, que mezcladas con las de nuestros antepasados prehispánicos, más lo que le hayamos puesto de nuestra cosecha, conforman eso que reconocemos como el día de muertos al modo mexicano.

La diversidad y los sincretismos son inevitables e imparables; los hay en el lenguaje, los hay en las tradiciones, los hay en las religiones, los hay en las formas de percibir la vida y de percibir la muerte. Entender esto ayuda a vivir menos estresado.

Así las cosas, en halloween ni brujas ni demonios… lo que se aparece es nuestras compleja historia.

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