Muñequita de sololoy

Por Arturo Ortega Morán

Las abuelas mexicanas que vivieron su niñez a mediados del siglo XX, recuerdan con nostalgia aquellos delicados juguetes que llamaban “de sololoy”; en particular aquellas muñecas de rasgos angelicales que las llenaban de sueños. Huella de aquella época quedó marcada en la Naranja Dulce, canción infantil que ya se ha hecho tradicional y en la que, en un fragmento, se canta:

“…Toca la marcha, mi pecho llora
adiós señora yo ya me voy
a mi casita de sololoy
a comer tacos y no les doy”.

Aún hoy, cada vez con menos frecuencia, en México suele escucharse que con cariño a una pequeñina se la llame “muñequita de sololoy”, en una franca comparación con la hermosura y delicadeza de aquellas muñecas de antaño. Por extensión, todavía vale piropear a una dama llamándola “mi muñequita de sololoy” y aunque las chicas de hoy no tienen ni la menor idea de lo que es este material, seguro que la suavidad de la palabra y su fonética afrancesada las hará intuir que se trata de algo bonito.

Pero, ¿qué es el sololoy? Para empezar, la palabra no aparece en el diccionario y fuera de México es un término desconocido.

La historia comienza en la segunda mitad del siglo XIX, cuando Jhon Wesley Hyatt inventó un nuevo material al que llamó celuloide por estar hecho con base en el nitrato de celulosa. Por sus propiedades de flexibilidad, transparencia y resistencia a la humedad pronto le encontraron aplicaciones. De las más importantes fueron en el campo de la fotografía, la fabricación de juguetes y el cine. Esa es la razón por la que hoy, para referirse a una película cinematográfica también se use la palabra celuloide.

Cuando llegaron a México los juguetes de “celluloid”, que así se escribe en inglés, el habla popular suavizó la palabra y así nació el “sololoy” un mexicanismo que poco a poco se ha ido desvaneciendo, aunque aún se le mueve la patita cuando a una pequeña o a una mujer bonita le decimos que es una muñequita de sololoy; o cuando en un noche silenciosa, la nostalgia arrastra ecos del pasado y nos parece que en las calles vuelven a resonar esas voces infantiles que cantaban:

“… adiós señora yo ya me voy
a mi casita de sololoy
a comer tacos y no les doy”.

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