Matachines

Por Arturo Ortega Morán

Tomado de Rinconete, del 14 de marzo del 2005

Llega diciembre y el fervor guadalupano de muchos pueblos mexicanos se desborda por las calles. Desde todos los puntos cardinales corren ríos de gente que, olvidando frío, lluvia y cansancio, hacen peregrinación hasta el templo de la Virgen de Guadalupe. Coronando las marchas, incansables danzantes con vistosos atuendos siguen el monótono ritmo de un tamborcillo, mientras el viejo de la danza, con grotesca máscara y látigo en mano, se regocija espantando espectadores. A ellos los llamamos matachines.

Es creencia común, en México, que la voz matachines procede del náhuatl y que más correcto sería llamarlos matlachines (como algunos los nombran). No obstante, a pesar de la imagen prehispánica de estos danzantes y de la apariencia náhuatl de la palabra, sobra evidencia de que esta voz tiene origen europeo.

Así como la voz italiana espadaccino en castellano pasó a ser espadachín, de mataccino resultó matachín. Así lo hace saber en su Diccionario etimológico de la lengua española, Joan Corominas:

«Matachín: ‘Danzante popular’, 1559. Del italiano mattaccino, con el mismo significado, principios del sigloxv, derivado despectivo-diminutivo de matto, ‘bufón’, propiamente ‘loco’ (del latín vulgar mattus)».

Del uso español de esta voz, podemos citar un texto de 1609 escrito por Quevedo, que escribiendo de tradiciones españolas, en una parte dice:

«En las fiestas ai antiquisimas costumbres, como las danzas, i matachines i jigantes, i prinzipalmente la que oi llamamos tarasca».

También, en la España antigua surgió el dicho: Dejar a uno hecho un matachín. El cura Sbarbi, en su Florilegio o Ramillete alfabético de refranes y modismos comparativos y ponderativos de la lengua castellana (1872), lo explica así:

«Dejar á alguno hecho un matachín: Dejarle avergonzado y corrido. Alude á la variedad de colores que llevaban antiguamente en su ropaje los matachines, y á que de aquél á quien se sonroja se suele decir que se pone de mil colores, ó que un color se le va y ótro se le viene».

De cómo apareció la palabra en México, Francisco Cervantes de Salazar, hablando de los bailes de los indígenas nos dejó una buena pista. En Crónica de la Nueva España, que escribió en 1560, dice:

Notaron los que al principio miraron en estos bailes, que cuando los indios bailaban así en los templos, que hacían otras diferentes mudanzas que en los netotiliztles, manifestando sus buenos o malos conceptos, sucios o honestos, con la voz, sin pronunciar palabras y con los meneos del cuerpo, cabezas, brazos y pies, a manera de matachines, que los romanos llamaron gesticulatores, que callando hablan.

Lo más probable es que, cuando los españoles vieron las danzas religiosas de los indígenas, por sus movimientos y por su atuendo colorido, recordaron a los matachines europeos y así llamaron a los danzantes americanos.

Matachines colombianos

 

Es de anotar que los matachines no son, en América, exclusivos de México. También son parte del folclor de Colombia. Aparecen en los carnavales, también con vestuario extravagante y colorido, pero representando el papel de sacerdotes del diablo, en una fiesta popular que es un nudo de raíces religiosas indígenas, africanas y cristianas.

Larga historia la de estos incansables matachines, que han sabido hallar lugares en que, cobijados por el fervor religioso, pueden seguir con su danza que quiere ser eterna.

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