Féminas, fecundas y felices

Por Arturo Ortega Morán

Pervertidoras, insaciables, causa de la desgracia de los hombres, instrumentos del demonio y muchas linduras más es lo que de las mujeres se decía en Malleus Maleficare (Mazo de las brujas), un tenebroso libro que se publicó en Alemania a fines del Siglo XV.

Este tratado, producto de la época más oscura de la Iglesia Católica, fue justificación para que durante más de 200 años, la Inquisición llevara a la hoguera a muchos miles de mujeres acusadas de brujería. Bastaba una sospecha, una denuncia, un “me parece” para que, sin posibilidad de defensa, las damas terminaran consumidas por el fuego de la barbarie y de la estupidez humana disfrazada de religión.

En unas líneas de este libro, se asegura que la palabra ´fémina´ (mujer) tiene origen en fe-minus (fe y menos), por ser ellas quienes muestran menos fidelidad. ¡Vaya!, así o más misóginos. Hasta de la etimología se valieron Heinrich Kramer y Jacob Sprenger, aquellos monjes dominicos autores de tan nefasto libro, para desprestigiar a las damas. Lo malo es que por muchos años se creyó y todavía, hasta la fecha, muchos siguen dando por cierta esta aberrante eMITOlogía.

La realidad es bella y más amable. Hoy sabemos que “fémina” tiene origen en la antigua raíz indoeuropea *dhei (fei), que guarda el concepto de ´amamantar´, acción que justo corresponde a las féminas, literalmente, ´las que amamantan´. De ahí lo femenino, en oposición a lo masculino, que viene del latín masculus (¡uy, qué feo se oye!), y de donde también resultaría ´macho´.

Poco más escondida está la familiaridad de fémina con hembra, y es que esta última palabra es producto de una larga y lenta descomposición de la original. De fémina se dijo femna, luego femra, después fembra, para finalmente quedar en “hembra”. Este tipo de erosiones, las sufrieron muchas palabras latinas a través del tiempo y así dieron vida a las palabras castellanas.

Hay otras palabras que proceden de la misma raíz, como ´fecundo´, del latín fecundus, en alusión a la característica femenina de ´generar vida´, aplicándose después a la tierra fértil y por metáfora, a cualquier capacidad de creación. También, en lengua latina, llamaron fetus a las crías de las féminas, incluyendo humanos y animales. De ahí nació la palabra ´feto´, que en castellano tomo otro sentido y pasó a nombrar al nuevo ser en el período de gestación.

De la misma historia ha quedado que hoy llamemos hijos a los seres traídos al mundo por las féminas, ¡claro!, con la ayuda nada despreciable de los masculos (lo digo ahora o me callo para siempre). La palabra ´hijo´ derivó de filius, voz latina en la que esa ´f´ inicial delata que comparte raíz con fémina y si esta es la que amamanta, el filius es ´el que mama´, relacionado con el verbo felare ´mamar´ del que nos quedó la desprestigiada palabra ´felación´ (sucede hasta en las mejores familias). Como huellas del filius latino, conservamos las palabras ´afiliar´, ´filial´, ´filiación´, ´feligrés´ (hijo de la Iglesia) y aún ´hidalgo´ (hijo d´algo, en oposición a quien es un insignificante “hijo de nada”).

No hay momento más feliz para una fémina que cuando se convierte en madre; bueno, eso dicen… aunque algo de cierto debe haber en esta afirmación porque, no en vano, la palabra ´feliz´ viene del latín felix que, en origen, significaba ´fecunda, fértil´. Era un atributo exclusivo de las damas que ligaba la fertilidad con un sentimiento de bienestar que luego se llamó felicidad. Fue mucho después cuando este estado de ánimo se democratizó y pasó a significar cualquier tipo de contentura, ya sin depender de la fecundidad y aplicado sin distinción de género.

No cabe duda, el lenguaje guarda nuestra historia. Hoy lo hemos visto en fémina,  una palabra que nació cuando la felicidad y el valor de una mujer dependían de su fecundidad; luego fue usada de modo perverso por unos monjes demoniacos –perdón– dominicos para justificar su odio irracional hacia las damas. Hoy, feminismo es la lucha de las mujeres para que sus derechos y oportunidades no sean menos, que su felicidad no dependa solo de su fertilidad y que su fecundidad trascienda de lo biológico a lo intelectual. En esa parte de la historia vamos.