Palabras que cayeron del cielo

Por Arturo Ortega Morán

Niños mirando al cielo

La luna, llena y brillante, nos invitaba a mirarla en aquella noche esclarecida. Carlos Patricio, a sus dos años, ensimismado no la perdía de vista y nos dejó saber sus misteriosos pensamientos cuando, después de un rato, exclamó: “no she cai”. ¡Vaya!, tan pequeño y ya tenía un conflicto con la ley de gravedad. Así debió ser cuando los ojos de la incipiente humanidad vieron el cielo y se extasiaron con la luna, el sol y las estrellas, llenándose de preguntas.

Aprender a leer el cielo no ha sido fácil ni rápido, al paso de los siglos, diferentes ideas y creencias han tratado de explicar esa inmensidad que es el cosmos, y huellas de esos intentos podemos descubrirlas en el lenguaje.

Por mucho tiempo prevalecieron las ideas griegas pregoneras de que la Tierra era el centro del cosmos y todos los astros giraban en torno a ella. Por eso, a ese “todos” se le llamó universo, que se forma de uni, ´totalidad´ y verto, ´girar´; o sea que, literalmente, significa “la totalidad que gira”. La ciencia terminó con esta creencia, pero la palabra se conserva y es huella de esa antigua y obsoleta teoría.

Del universo, los griegos apreciaron el orden y la belleza, por eso para nombrarlo usaron la palabra cosmos, que justo encierra estos conceptos. Entenderán ahora por qué a esos menjurjes que las damas usan para embellecerse los llamamos cosméticos.

La primigenia voz *ster nombraba a los cuerpos celestes; de ahí en griego se dijo astro y en latín stella, que en castellano dio estrella. En diferentes culturas las estrellas se tenían por divinidades que regían la suerte de los mortales; creencia que, de algún modo, subsiste entre quienes con ingenuidad buscan leer el futuro en los horóscopos. Todavía se habla de que alguien nace con buena estrella; o si somos víctimas del infortunio, decimos que ocurrió un desastre, es decir, nos quedamos sin la protección de los astros, según creían los antiguos. También la palabra considerar es de la familia, viene del latín considerare, de sideris, otro nombre para las estrellas. En origen era observar con minuciosidad los astros para hacer un vaticinio, pero luego tomaría el significado de analizar con detalle una situación para hacer un buen juicio.

De particular belleza es ese cúmulo de estrellas y polvo estelar que a los griegos les pareció leche derramada, por eso lo llamaron galaxia, que justo significa eso: ´de leche´. En latín se dijo  vía láctea ´camino de leche´ y  lo curioso es que al paso del tiempo, aunque significan lo mismo, hoy galaxia es nombre genérico para todos los sistemas gravitacionales de estrellas, mientras que vía láctea se mantuvo en exclusiva para la galaxia a la que pertenece nuestro planeta.

La luna, en latín losna, debe su nombre a la raíz lux que encierra el concepto de brillo. Así que con propiedad podemos decir que la luna es “la brillosa”, además de ser el satélite de la Tierra. Por cierto que, en su origen, los satélites o satelles (palabra derivada del etrusco satnal) eran los guardias o escoltas que en la sociedad romana protegían a los personajes importantes. De ahí, por metáfora, llamaron satélites a los cuerpos celestes que, como buenos guaruras, no se les despegan a sus respectivos planetas.

¡Qué irreverencia!, tratar de explicar con un destello de lenguaje las voces que llegan de la inmensidad del universo, pero va en reciprocidad por la breve luz que el cosmos nos regala en una estrella fugaz.

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