Magenta y solferino
Por Arturo Ortega Morán
A mediados del siglo XIX, los avances en la química lograron la aparición de los colorantes artificiales. Las que se pusieron muy contentas con tal avance, fueron las cochinillas de nopal que durante muchos años, y gracias a la tecnología azteca, fueron literalmente hechas polvo para convertirlas en un pigmento que daba a telas y sedas un color grana (en náhuatl: nocheztli ´sangre de tuna´).
En el año 1859, el ejército austríaco dominaba la región norte de Italia y, Napoleón III, tomó la misión de liberar a esta región, seguramente con algún interés porque este hombre “no la brincaba sin huarache”. El 4 de junio de ese año, en el pueblo de Magenta, se libró una gran batalla y el ejército francés derrotó a los invasores austríacos. Antes de que se repusieran, Napoleón III se fue sobre lo que quedaba del ejército austríaco y apenas 20 días después, volvió a enfrentarlos en el pueblo Solferino (que significa Sol feroz) y les propinó la derrota decisiva.
Es de anotar que, fue tan sangrienta esta batalla de Solferino, que ahí mismo Henri Dunant, impactado por esa carnicería, vio necesario que existiera una organización de asistencia a los heridos y fue entonces que fundó la Cruz Roja Internacional.
Mientras la sangre teñía de rojo a los campos italianos, en Francia los químicos lograban teñir telas por primera vez con colorantes artificiales; eufóricos por el descubrimiento y también por las batallas recién ganadas, decidieron guardar en el nombre de dos colores, la memoria de las hazañas de su heroico ejército. Nacieron así, de la misma circunstancia, los purpúreos colores magenta y solferino.
Estos colores no corrieron con la misma suerte: el solferino está prácticamente olvidado, y sólo algunas abuelas aún se acuerdan de él. Ahora que, para su consuelo, en México tenemos un pequeño pueblo en el estado de Quintana Roo que se llama justamente Solferino (en antiguo: Labcah); nombre que tomó por producirse ahí una madera de color rojizo que, en tiempos de lluvia, deja el suelo pintado de grana; algo parecido a como se vieron los campos del Solferino italiano aquel día de tan cruenta batalla.
En contraste, el magenta ha florecido y ahora es un color básico en algunos sistemas de impresión modernos. Por si fuera poco, este color es causa de gran polémica desde hace un par de años, cuando se supo que la compañía alemana Telekom, lo había patentado y estaba en el derecho de demandar a empresas competidoras que usaran este color en sus logotipos. ¡Ahora sí! Resulta que el magenta ya tiene dueño.
Pues por aquello de “no te entumas”, yo mejor termino esta historia de colores, no vaya a ser que por andar hablando de magenta y solferino, termine en “el botiquín” por andar violando derechos de propiedad.
Sr.Ortega lo felicito por sus aportaciones,ayudeme con algo que ando investigando de donde nace el termino “no vale ni un quinto o centavo partido por la mitad”
agradezco de antemano su atencion y quedo a sus ordenes
David Aguila
Guadalajara Jal
David, más vale tarde que nunca:
El ‘quinto´ fue una moneda que valía cinco centavos y que también algunos lo llamaban ´josefas´ por tener le imagen de Doña Josefa Ortíz de Domínguez, heroína de la independencia. Por muchos años, fue la moneda de menor valor. Así que ´no valer ni un quinto´ era no alcanzar ni el mínimo valor. Lo mismo aplica a ´no valer ni un centavo partido a la mitad´, ya que si un centavo representaba, en tiempos anteriores, la moneda de menor valor menos era la mitad de un centavo.
Gracias por sus comentarios
Estimado Sr. ortega,
he leído con gran interés su artículo sobre los colores magenta y solferino, y, aunque entiendo el sentido de la frase“la brincaba sin huarache” por el contexto, quisiera que me explicara este dicho, ya que al no ser mexicana, no lo conozco.
Muchas gracias por adelantado.
Un cordial saludo, Cristina Otero Madrid, España
Cristina:
En México, los huaraches son un tipo de calzado rústico formado por una suela de hule y unas correas de cuero. Fue el calzado típico de la clase rural por muchos años. Cuando se dice “no la brinca sin huarache”, se refiere a alguien que, para proteger sus pies, no brinca o no da paso sin los huaraches puestos.
Por metáfora, ahora se dice de alguien que toma sus decisiones con todas las previsiones para minimizar los riesgos y también de quien lo hace con plena conciencia de los beneficios que va a obtener.
Saludos