Colgar el sambenito

Por Arturo Ortega Morán.

sambenitoTodo fue tan repentino, tan inesperado… Aquella mañana, todo parecía normal. Se había levantado temprano para dar de comer a los animales, ordeñar la vaca, recoger algunos huevos e ir por agua al río. Apenas se disponía a preparar un buen almuerzo cuando llegaron por él. Sin darle explicaciones, le ataron las manos, lo subieron a un caballo y se lo llevaron al pueblo.

A empellones lo metieron al oscuro sótano de un lúgubre edificio,  eran las mazmorras de la Santa Inquisición. Tres días con sus noches los pasó sin agua y sin comida en aquella húmeda oscuridad. Al cuarto día fueron por él y lo condujeron ante un tribunal de monjes, cuyos hábitos café oscuro acentuaban más lo sombrío del lugar.

Estaba ahí por hereje, le dijeron, alguien lo había oído exclamar blasfemias contra Dios y la Iglesia. De nada valió que negara la acusación, jurando por todos los santos que él no lo había hecho. Su delito era grave y merecía la muerte en la hoguera, pero las Autoridades Eclesiásticas le concedieron una bondadosa alternativa. Tendría que ceder todos sus bienes a la Iglesia y someterse al rito de reconciliación.

Lo que más dolió, fue perder aquella casita que con años de esfuerzo había construido a la vera del arroyo. Significaba tanto para él que nunca la quiso vender, a pesar del enojo del obispo que tantas veces insistió en comprársela.

El día que firmó la cesión de sus bienes a la Iglesia, también le pusieron un sambenito.  Así llamaban a un capotillo de lana amarilla decorado con llamas de fuego y con la cruz de San Andrés grabada al frente. Desde ese momento tendría que llevarlo puesto hasta que cumpliera su tiempo de penitencia. Al caminar por las calles, sentía que las miradas mordientes de los vecinos le arrancaban a pedazos lo que quedaba de su honor. Todo fue tan rápido, tan inesperado, aún no lograba comprender porque ahora caminaba por las calles sin saber a dónde ir y vestido así, con un gorro puntiagudo a manera de cucurucho y un sambenito puesto.

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Del sambenito, un síntoma de la enfermedad de poder que aquejó a la Iglesia Católica por más de tres siglos, dejó noticia Alonso de Villegas que en 1594 escribió:

Y paréceme a mí que, assí como sería desatino si al herege que los inquisidores penitenciaron, y en señal de penitente le mandaron traer un sambenito de paño amarillo con una aspa colorada de San Andrés (lo cual tuvo origen de lo que en la primitiva Iglesia se usava, y era que en la Cuaresma a los logreros y a las mugeres públicas pecadoras, si se querían emendar y dexar sus malos tratos, el miércoles de ceniza, el obispo o cura les ponía un saco, derramándole ceniza sobre sus cabeças, y con el saco andavan toda la Cuaresma hasta el día de Pascua, en que si avían bien aprovado en la penitencia los admitían a la Comunión de los fieles, estando antes de por sí en lugar apartado; llamavan bendito aquel saco porque le bendecía el obispo cuando se le ponía, y de saco bendito vino “sambenito“; la aspa de San Andrés denota que faltaron en la Fe, porque San Andrés fue el primer cristiano y murió aspado, todo lo cual, con un texto del Decreto y autores graves tengo provado en otra parte)”. (Ortografía original).

De esta antigua circunstancia, ha quedado una huella en nuestro lenguaje. Cuando se difama a alguien, adjudicándole una culpa sin más base que tendenciosos prejuicios, solemos decir que a esa persona “le colgaron el sambenito de…”  Un ejemplo del actual uso de esta expresión lo encontramos en el siguiente texto:

«La gente estaba descontenta con la situación; pero no podías decirlo muy alto, porque cualquiera te podía denunciar, te ponían el sambenito de traidor a la República y ¡púm! en la cabeza. Te daban el paseíto enseguida».

El sambenito de hoy ya no está hecho de lana amarilla, ya no está decorado con la cruz de San Andrés, ya no está bendito. Ahora está hecho de palabras venenosas que sin escrúpulos matan reputaciones.