Después de atole

Por Arturo Ortega Morán

En México nos encantan los atoles, bebida hecha con masa de maíz que nos heredaron nuestros ancestros prehispánicos. De la antigüedad de este rasgo gastronómico, habla un texto escrito en 1690 por Francisco Antonio de Fuentes y Guzman: “…Y finalmente, es el atole el general avío y mantenimiento de Mexico; no habiendo casa alguna de aquella grande y numerosa ciudad que no le tome por desayuno, dando el blanco a la gente de servicio y el champurrado con chocolate a las personas de posibles y caudal, por ser en aquel reino más caro el cacao, que se le lleva de este de Goathemala”.

Su nombre deriva de atolli, voz náhuatl que encierra el concepto de ´aguado, de atl (agua)´. Han de saber que no hay hambre que sobreviva a un buen jarrito de atole espeso y calientito, por eso la decepción cuando, después de tomarlo, ya sin hambre, en mala hora nos ponen frente a suculentos platillos. De esta circunstancia, los mexicanos hemos hecho metáfora y cuando las cosas nos llegan cuando creemos que ya no son necesarias, con desencanto exclamamos ¡después de atole!

¡Después de atole!, podría decir quien encuentra a su media naranja ya en el invierno de su vida. ¡Después de atole!, gritará quien logra tener casa propia ya cuando sus hijos crecieron, dejaron el nido y volaron a otros cielos. ¡Después de atole!, dirá quien al fin pudo hacer el anhelado viaje, pero ya cuando sus facultades físicas  le impiden andar de “tingo lilingo”. Así es, hay veces que a la felicidad se le hace tarde, pero para animar a quienes esto les sucede, la sabiduría popular ha acuñado el dicho: “Nunca es tarde si la dicha es buena”.

Este refrán abre una veta interesante para quienes gustamos de complicarnos la vida con el análisis de las palabras, “… si la dicha es buena”, como que suena raro, ¿acaso no todas las dichas son buenas? Si recurrimos al diccionario, ahí se define dicha como “felicidad y suerte feliz”, de modo que si toda dicha es buena, el refrán parece redundante.

La cosa cambia cuando recurrimos a la historia y a la etimología, porque encontramos que en la antigua Roma, había la creencia de que el destino de los hombres, quedaba marcado en el momento de su nacimiento por las palabras pronunciadas por los dioses. A estas supuestas palabras, en latín le decían dicta, que justo significa ´cosas dichas´. La voz latina dicta en castellano se dijo dicha, que como ya aclaramos, en su origen era una forma de referirse al destino o a la suerte; que estos sí, podían ser buenos o podían ser malos, bueno…  también regular.

A la dicha le pasó lo que a la suerte, que aunque puede ser buena o mala, cuando decimos que tenemos suerte, entendemos que es buena. En el caso de la dicha, que en principio también podía ser buena o mala, la parte negativa se fue ocultando hasta de plano desaparecer, por eso hoy toda dicha es buena y eso la hizo sinónimo de felicidad.

Huellas de la dicha mala, las podemos encontrar en el habla de los sefarditas, descendientes del pueblo judío expulsado de España en 1492, su lengua ha conservado muchas palabras y modos del castellano antiguo, y entre ellas la palabra “maldicha”, que tiene el sentido de fatalidad, mala suerte. En uno de sus cantos se escucha este verso: “Dame tu mano palomba, para suvir a tu nido, maldicha que durmes sola, yo vengo a durmir contigo”.

En fin, no está mal entonces que, a quien la felicidad le llega después de atole, lo animemos diciéndole… “Nunca es tarde si la dicha es buena”, sin que con esto queramos darle “atole con el dedo”.